“Se fue don José Verano, un grande olvidado”
Por: Arturo Moreno Carrera
Email:: imagencorp2011@hotmail.com
Se fue un gran huaralino. Se fue don
José Verano Cahuas. Enorme periodista. En sus épocas mozas un trascendental
deportista. Su invalorable experiencia lo llevó a ser un historiador del
pueblo. Cumplió una etapa de autoridad servicial y noble. Un señor de señores.
Un amigo sin par. Un estilo de vida ejemplar. Sin embargo, en el último tramo lo olvidaron de muy mala
leche. Ay Huaral, Huaral. ¿Por qué campea la indiferencia entre tu gente? ¿Por
qué son tus dirigentes tan indolentes y tan ingratos?
El 11 de julio se realizó su
sepultura. Su familia lo veló en el Club Social Huaral a la espera de un gentío
grato y/o, por lo menos, curioso. La estela de Verano Cahuas era merecedora de
mucho más, pero no lo recompensaron siquiera con una despedida multitudinaria. Al
salir el cortejo desde el local una voz cercana a mis oídos dio la clarinada.
Un chancayano exclamó: “Igual fue en el sepelio de don Jorge Ortiz Dueñas, los huaralinos y los chancayanos
carecemos de cultura”. Furibunda sentencia. Colosal verdad. Muy poquísimas personas –la mayoría gente de canas– acompañamos sus
restos hasta el camposanto de La Huaquilla.
Ni una cinta bicolor o la bandera
amarilla de Huaral. La escolta municipal no existió. Verano Cahuas fue regidor,
pero para quienes están hoy en la comuna
eso no importó. ¡Su gremio! la FPP ausente en el acompañamiento. El CPDP igual.
La ANP sin cuerpo, solo la cabeza. La Liga de Basquet tal vez ni se enteró.
Decenas de años de sus 93 vividos los entregó a Huaral y a sus instituciones. Sólo sus amigos de generación le
dieron vivas en su local de la esquina de calle Derecha y Morales Bermudez.
Verano cultivó el periodismo desde muy
joven. Periódicos de antaño como El Eco del Valle o La Cancha lo vieron
germinar con la pluma. Por los ’80 dirigió el Huaralino y me enorgulleció
dispensándome acompañarlo como colaborador en deportes. Tenía un disco duro de
miles de gigabites. Muchos mozuelos lo buscaban en su casa para que les ayude con la
tarea escolar sobre la historia de Huaral.
Verano era, si me equivoco dispensen,
el último integrante de una pléyade de PERIODISTAS huaralinos cuya labor
profesional trascendió incluso las fronteras patrias. Me cabe recordar entre
ellos, por ejemplo, a Miguel Yi Carrillo, a quien Juan Gargurevich calificaba
como “devoto de darle duro
a las suelas, ignorante del horario, de los feriados”, comparándolo
por igual con Juan Marcoz o Carlos Ney Barrionuevo, a quien el propio Mario
Vargas Llosa reconoce como uno de sus maestros.
O también a Roberto “Pato” Almandoz,
quien dejó una gran escuela en El Comercio. Era dado a ponerse iracundo con los
redactores que escribían mal. Agarraba la hoja, la estrujaba y se acercaba al
novel que temblaba, pero comiéndose su bilis le decía paternalmente: “vamos,
vuelve a escribirlo, tu puedes hacerlo mejor”. Algún día, amigo, nos tomaremos
otro pisco sour y, seguramente, veremos a Huaral y hablaremos de la ciudad desde otra dimensión.
Verano fue insigne, fue hijo ilustre.
Lamentablemente, en su paso a su última morada, hicieron parar el cortejo ante
las puertas de la municipalidad. Fue menospreciado hasta por el vigilante de la
puerta. Y ante tremendo
desaire de sus actuales ocupantes, después de una larga espera, sólo quedó hacer la venia de cortesía y seguir el camino.
Así se van los grandes humildes. Prácticamente en silencio, y casi en el
olvido. A las puertas del cementerio, mientras los familiares agradecían a los
lacónicos acompañantes, una mujer huaralina de buen talante me recordó que todo
tiempo pasado fue mejor. Que los modos y las cortesías quedan en muy pocas
personas de veterana tradición y educación. Que las autoridades son el reflejo
crudo de una sociedad actual, endeble, calamitosa. Y que por eso el protocolo
fue enviado al tacho de la bazofia, mientras que la corrupción se
pavonea entre botellas de whisky y lujos materiales.
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